jueves, 23 de abril de 2015

El amor, ese gran extremista

Siempre lo he dicho. Lo digo. Y lo diré: el amor es lo más extremista del mundo. Estar enamorado y que te rompan el corazón es lo más desgarrador que te puede ocurrir: una infidelidad, una ruptura, un "no eres tú, soy yo", el fin de un amor por la rutina y un sinfín de motivos que nos llevan a, como decía Sabina, tardar en olvidar a esa persona 19 días, pero 500 eternas noches llenas de lágrimas y quebraderos de cabeza. Pero, amigo mío, qué cojonudamente bonito es el amor cuando es correspondido. Tú dices, tienes la poca vergüenza, el valor y el atrevimiento de llamar a esto que tenemos amor. ¿AMOR? Joder. Yo prefiero denominarlo así. Que yo no decidiese tirar por el camino habitual que elijo para llegar a casa de mi amigo y pasara por esa esquina. Nuestras idas. Nuestras venidas. Nuestro gran afán por estropearlo todo. Nuestras relaciones pasadas, nuestras edades, nuestro lugar en la geografía y en definitiva esa larga lista de contras para estar juntos. Y que a día de hoy estemos enamorados y nos encontremos en el extremo bonito de esto tan gigantesco que es el amor. Porque joder, cómo te quiero, qué enamorada que estoy de ti y qué bonito es todo, coño. 

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