domingo, 4 de enero de 2015

Lo admito

De otra cosa no, pero de amor entiendo un rato. A mis 21 años, temprana edad, sí, tengo que confesar que, desde mi humilde opinión y experiencia, sé bastante de este campo tan complicado, con diversos ciclos medios, superiores, másters, carreras universitarias y clases particulares en su haber para poder comprenderlo. Empecé desde bien pequeña a fijarme en los chicos, a jugar a la botella, a "salir" con ellos, como se decía en mi época de enana mocosa que se creía que eso lo era todo en la vida. Pero a los 15 años un chico de 20 se cruzó en mi camino (más bien se re-cruzó porque ya le conocía) y me robó el corazón por primera vez. Las peleas y los celos acabaron con mi primer amor. Luego llegó la época de locura, de esas que no sabes si son la mejor o peor etapa de tu vida, porque cometes más errores de los que puedes recordar. Y entonces apareció el segundo gran amor de mi vida, el único realmente. Qué puedo decir de él. Que me rompió el corazón de una manera tan drástica y dolorosa que a día de hoy no me ha dejado volver a enamorarme otra vez. Y después de varias etapas de soltera tengo que decir que lo que he aprendido es lo siguiente: me gusta lo difícil. Un tío que no me haga caso, que me dé más cales que arenas y que me haga correr detrás de él, como si de un caramelo se tratase. Lo sé. Suena fatal. Machista. Rastrero. Pero no me gustan las cosas fáciles, los regala oídos. No al menos los que me lo han regalado hasta ahora. Me ha costado admitirlo. Pero cuando digo que no ligo, miento. Sí que lo hago, pero estoy sola porque quiero, porque esto es como el pez que se muerde la cola. Chico bueno quiere a chica buena que va detrás de chico malo. Y así toda mi vida. Porque cuando queremos hamburguesas nos pondrán pizza y viceversa. Sigo intentado encontrar el equilibrio entre dificultad y felicidad. Que me guste y yo le guste. Que sea algo mutuo, al fin y al cabo. Os mantendré informados. 

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